Arancha Rivilla

Arancha Rivilla

Departamento de I+D+i

A menudo se emplean conceptos como Creatividad e Innovación como sinónimos, pero hay muchos aspectos que las diferencian. Existen muchas definiciones de creatividad, pero nos puede servir aquella que la define como la generación de nuevas ideas o combinaciones de ellas, que facilita la resolución de problemas y la toma de decisiones dentro de la organización. Sin embargo, la Innovación va más allá, pues parte de la creatividad, de esa generación de ideas, para convertirlas en resultados en un contexto específico. Así pues, la creatividad en sí misma no debe ser un fin, sino un medio, ya que generar ideas no es suficiente; es preciso aprovechar esas ideas para innovar, para introducir en el mercado nuevos productos o servicios. Para esto último, es para lo que debemos gestionar la Innovación en una organización.

También es importante destacar que cuando la aplicación de una nueva idea se puede llevar a cabo sin repercusión en lo que hacemos diariamente, no se puede considerar como innovación. Se correspondería más con la mejora continua que con la innovación. En el caso de esta última, siempre es preciso poner en práctica nuevos conocimientos en algún campo.

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Y ¿cómo hacer para que una organización sea innovadora?. El primer paso es implantar una cultura innovadora dentro de la organización, ya que cualquier ámbito de la empresa puede ser renovado con la aplicación de nuevas ideas. Hay muchos tipos de innovación: tecnológica, de producto, de proceso, organizacional, comercial, de marketing, etc. por lo que debe ser promovida por la dirección y no debe restringirse solamente al área de tecnología.

Además, la generación de nuevas ideas requiere una predisposición, una actitud en las personas y también un sistema de dirección que facilite, promueva y reconozca las aportaciones de la gente a la creatividad y la innovación en todos los niveles de la organización. Para ello, es necesario que en la organización se den algunas características:

  • Se debe cambiar de una cultura del miedo a una cultura de confianza: en las organizaciones tradicionales, de ordeno y mando, se valoraba por encima de todo la obediencia, disciplina y acatamiento de los trabajadores. Esto se traduce en un estado anímico de miedo, lo cual es un obstáculo para toda iniciativa personal. Sin embargo, para poder aprovechar el talento, la creatividad y la capacidad de innovar de las personas, es fundamental que éstas tengan motivación, compromiso con la visión y estrategia de la organización, que se sientan valoradas y respetadas; es decir, hay que crear un estado de ánimo de confianza.
  • Tolerancia al fracaso: toda innovación conlleva un riesgo intrínseco, porque siempre tiene un cierto grado de incertidumbre. Y por tanto, hay que aceptar con responsabilidad esa posibilidad de error bien intencionado. Cuando se hace una crítica destructiva, se está matando toda iniciativa en el futuro.
  • Hay que ser perseverantes e incansablemente positivos para no dejarnos vencer cuando las cosas no salen como esperábamos.
  • Promover el trabajo en equipo, ya que facilita la generación de ideas, aumenta la motivación y confianza entre los trabajadores, reduce tensiones y tiempos y por tanto, aumenta la productividad.

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