Hoy, no sé muy bien el motivo, he recordado una anécdota del año 2000 que me ha llevado a redactar este post. Su protagonista es Alberto Navas, una de las mejores y más singulares personas que he conocido a lo largo de mi trayectoria profesional. Es curioso lo selectivo del cerebro, he tenido que escarbar bien profundo en mi memoria para acordarme de su apellido, sin embargo recuerdo con nitidez decenas de anécdotas compartidas. Era yo por aquel entonces un imberbe mozo de almacén, hacía apenas unos meses que había comenzado a trabajar y me sobraban ilusión por hacerme un hueco y ganas de demostrar mi valía. Bertín, así le llamaba yo en una mezcla de cariño y cachondeo,  tenía ya cuarenta y tantos, no es que viniese de vuelta, pero digamos que ya había librado unas cuantas batallas personales y profesionales. Recuerdo que discutíamos (ya apuntaba yo maneras), lo hacíamos muy a menudo, me atrevería a decir que a diario, elevando el tono pero sin perder la sonrisa (debe ser por eso que guardo un grato recuerdo de aquella época). En aquella ocasión era sobre la ubicación de una estantería que se utilizaba para el almacenamiento de lavabos, llevaba años en la misma ubicación pero a mí me parecía oportuno reubicarla para aprovechar mejor el espacio, de hecho se lo había comentado a nuestro jefe, no me había hecho demasiado caso, bueno, más bien no me había hecho ningún caso (no siempre era así pero en aquella ocasión lo fue), pero yo erre que erre, testarudo y cabezón  tratando de convencer Bertín.

Llegado un momento, Bertín, cansado de mi terquedad supongo, me espetó “¡David!, amarrando la burra donde manda el amo ta´ bien amarrada siempre”, como veis no responde al refrán original (Amarrando la burra donde manda el amo, como si se ahorca), pero Bertín ye de Ruedes, ye muy suyo, y adaptaba los refranes como le parecía (por… expresarlo con suavidad).

La anécdota, más allá de la nostalgia provocada, me ha hecho reflexionar sobre competencias transversales de las que tanto hablamos y debatimos a lo largo del presente año. Sobre la Iniciativa y participación activa, en lo referente a la capacidad para proponer nuevas ideas y formas de trabajar diferentes para optimizar resultados y acometer mejoras en proyectos y servicios; y sobre los estilos de liderazgo facilitadores o inhibidores de esta competencia.

participación

Quien me conozca un poco podrá intuir, y estará en lo cierto, que la anécdota no finalizó ahí. Aquella estantería acabó por moverse de sitio, no fue ese día, seguramente tampoco esa semana, pudo ser a lo largo de ese mes o del siguiente, pero se cambió de sitio, porque la nueva ubicación era sencillamente mejor, permitía tener mayor amplitud para la colocación de la mercancía de rotación diaria y se aprovechaba mejor el espacio de trabajo; de hecho así  fue reconocido por todos, incluido el jefe.

Es una anécdota tonta, simple, modesta pero que me sirve para ejemplificar, que desde cualquier puesto de trabajo, asumiendo la autonomía y responsabilidad que otorga el mismo, podemos ser capaces de mostrar iniciativa y participación activa para cambiar y mejorar continuamente las cosas; si se utilizan argumentos sólidos, se tiene el convencimiento de estar en lo cierto y los hechos nos avalan, incluso podemos contradecir la opinión del jefe, ser díscolos y “amarrar la burra en un lugar diferente al que manda el amo”, quizás la burra pueda descansar más plácidamente en ese lugar (mejoremos resultados).

PD. Os animo a que en el desarrollo de vuestro ejercicio profesional, tengáis iniciativa y deis pasos al frente, eso sí, cargaros de argumentos y analizad bien las cosas antes de hacerlo, no vaya a ser que la burra se pierda o se ahorque. Debéis mostrar iniciativa, pero sin llegar a ser temerarios (recordad que estáis llevando la contraria al jefe).

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