Orlando López

Orlando López

Dirección Estratégica. CEO
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Rememorando viejos tiempos en una visita al Molinón organizada por la Sociedad de Partners de la Universidad Politécnica de Gijón

Tras un escorzo en el aire, el esférico golpeó mi cabeza y se introdujo en la meta del rival dibujando una parábola imposible. Eso soñaba una y otra vez, la noche previa a uno de esos días clave que uno tiene en su vida, seguramente tan importante, que he decidido arrancar esta pequeña historia sobre mi vida como emprendedor, en ese momento, en la primera semana de Junio del 94.

Dos eventos muy dispares, pero igualmente importantes, que se adivinaban claves para el futuro de un chico de 17 años, confluían ese día. Por un lado, mi equipo de fútbol del alma, el Veriña, disputaba la final del Torneo de los Barrios en el santuario del fútbol de Gijón, en el histórico estadio de El Molinón. Llevaba desde los 5 años dando patadas a un balón y se iba a cumplir un sueño que merodeaba por mi mente desde niño, disputar un partido en el estadio en el que habían triunfado los Quini, Ferrero y Maceda.

Por otro, los estudios. Se acercaba el final de mi último curso de instituto, la selectividad y el arranque de la carrera universitaria.

Pero, los tiros parabólicos siempre los calculé mejor con un balón que con un bolígrafo. Mi profesor de física en COU se había dado cuenta y, había decidido, con mucho criterio, que debía aprobar un examen de repesca para superar la asignatura y poder presentarme a los exámenes de selectividad.

La física y el fútbol, el deporte y los estudios, habían confluido para hacer de ese día un momento de inflexión en mi vida.

Ante cualquier acumulación masiva de objetivos, uno debe ordenarlos para poder afrontarlos con opciones. Y los ordené sin dudarlo ni un solo instante: fútbol y física. Es más, prioricé tanto el primero que casi descarté el segundo.

Semejante elección, que todos acertaríamos en calificar de desafortunada, no deja de ser la lógica para un adolescente, y un innegable acierto si la carrera futbolística termina siendo larga y provechosa. Pero, eso se da en muy pocos casos.

Lógicamente, con tal priorización de objetivos es fácil imaginar  que suspendí el examen y ya os anticipo, que también perdí el partido.

A mis 17 años ya había desarrollado uno de esos defectos que te acompañan toda la vida y que uno enaltece para terminar convirtiéndolos en un valor. Nunca he aprendido a perder y, es más, creo que no lo haré en toda la vida. No deja de ser paradójico que en la derrota haya encontrado mis mejores lecciones vitales.

Perdimos aquel partido con claridad, sin llegar a oponer resistencia a un rival que a priori se antojaba parejo. El gran día de ilusiones, el de los dos momentos de capital importancia en mi vida, en menos de 5 horas, se había convertido en una historia triste, en dos derrotas de enorme calado.

Sin embargo, a veces en la vida todo se ordena y se arregla de forma casi celestial. Y, la historia de aquel 6 de Junio, acabó bien. Steve Jobs lo llama Unir los puntos en su famoso discurso en la Universidad de Stanford.

Sí, suspendí aquel examen, pero el claustro de profesores decidió aprobar a todos los que únicamente teníamos una asignatura pendiente. Y perdí el partido, pero un ojeador del Sporting de Gijón se fijó en mí y al año siguiente me convertí en jugador de fútbol de su equipo juvenil y arrancó una nueva etapa.

Continuará …

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